Análisis: AMD Ryzen tras tres meses de uso

Análisis: AMD Ryzen tras tres meses de uso

Tenía que llegar el momento. Tras una vida utilizando laptops, tenía que llegar el día en el que montara  un ordenador de sobremesa en condiciones. Y es que si a Jamie Lannister lo llaman “el matarreyes”, a mí me iban a llamar “el mataportátiles”.

En mi caso, nunca había dado este paso sencillamente por carecer de espacio donde colocar un ordenador, pero tras problemas de thermal throttling con el portátil, uno busca hueco en casa como sea. Y es que por mucho que digan, los portátiles no son para trabajar con aplicaciones pesadas. Y si lo haces, la vida útil se reducirá drásticamente. (more…)

10 Consejos para comprar un ordenador de sobremesa

10 Consejos para comprar un ordenador de sobremesa

El ordenador de sobremesa ha quedado relegado al banquillo esta última década. La mayoría de los usuarios no los necesitan, puesto que sus necesidades quedan más que cubiertas con un portátil. A día de hoy asociamos ordenador de sobremesa a perfiles gamer, edición de vídeo y entornos profesionales.

A pesar del auge de los portátiles, creo firmemente que si tienes un sitio fijo en casa, no merece la pena comprar un laptop si no lo vas a mover. El ordenador de sobremesa tiene muchas ventajas sobre el portátil, tales como durabilidad, precio y reparabilidad. A pesar de ello, son más complicados de comprar que los portátiles, y por ello, estas líneas tratarán de aclararte un poco por dónde empezar. (more…)

Historias de Halloween: La manzana que desafió la ley de la gravedad.

Historias de Halloween: La manzana que desafió la ley de la gravedad.

 

El 1 de enero de 2014 recibí en casa mi MacBook Pro Late 2013. El nuevo quince pulgadas que venía a sustituir a mi anterior MacBook Pro del 2009, que ya en estado muy senil, decidí dar una jubilación como bien se merecía. El nuevo bicho era bonito, tenía una pantalla retina que quitaba el sentío y unos altavoces que sonaban mejor que bien. También era muy caro y no tenía tarjeta gráfica (a pesar de que Apple se empeñó en decirnos que la Iris de Intel tenía la potencia de varios dragones medievales). Aunque no era un producto que me convenciera, mi padre acabó convenciéndome para que no dejara de usar OS X (yo tenía como alternativa comprar un Mountain), pero él, que también llevaba un porrón de años usando Mac, no me puso pegas a pagar semejante pastizal por un ordenador con un director de cine espectacular, pero sin director de fotografía.

A pesar de la ausencia de la mano derecha del director, es decir, la gráfica dedicada, el ordenador funcionaba a las mil maravillas. Al fin y al cabo, lo único que suelo utilizar son aplicaciones de Adobe, y dichos programas apenas tiran de GPU (funcionarían mejor si lo hicieran, pero Adobe ya sabemos que se ahoga en un vaso de agua). La única pega palpable era que la antena Wi-Fi se desconectaba con bastante facilidad de los puntos de acceso, y un año más tarde decidí comprar una tarjeta de red por cable para algunos momentos.

 

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Todo marchó genial hasta junio de 2015. Una mañana, mis dos compañeros, músicos, me despertaron a la vez, cada uno con sus respectivos clarinetes. Yo, que apenas había dormido esa noche porque estaba estudiando, me desperté muy mareado. Abrí el ordenador, lo puse en la cama y vi cómo se caía la tarjeta de red externa de la ventana (se pegaba con una ventosa, todo muy futurista). Estúpido de mi, traté de evitar una caída de metro y pico de la puñetera antena, sin darme cuenta de que… ZAS. Portátil al suelo. Era obvio. Al rescatar la tarjeta de red, había tirado del cable con mi propio cuerpo. Apenas hizo ruido. Primero porque no cayó más de 50cm, y segundo porque la caída se vio amortiguada por unas zapatillas. Lo recogí del suelo y muy acojonado, eché un vistazo a la pantalla. Todo perfecto, pensé.

Seguí usando mi ordenador tan normal hasta pasado poco menos de un minuto, cuando vi una línea verde que cruzaba la pantalla de punta a punta horizontalmente. Seguí la línea y me encontré la verdadera historia de terror: la pantalla tenía dos dedos de ancho de puro “plasma” negro en la vertical izquierda del panel.

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No, no es una telaraña, pero fijo que esto da más miedo.

 

Me entraron sudores fríos. Comencé a buscar por todos lados cómo reparar eso y por cuánto. Y por Internet solo veía precios que parecían mitológicos. Pasada una hora, salí de casa y me fui al GoldenMac más cercano. Me proporcionaron un número de teléfono del SAT  de Apple y llamé. Yo ya sabía lo que me esperaba, así que decidí grabar la llamada. Os prometo que al señor que estaba al otro lado le tembló la voz cuando me dijo que la reparación costaba 900 euros.

El ordenador no era inutilizable. Sólo tenía una zona muerta de la pantalla. No obstante, pillé un SSD, varios destornilladores y demás artilugios y me dispuse a dar una segunda oportunidad al MacBook Pro del 2009, es decir, al que ya había jubilado. El retina roto no quería ni mirarlo, y no fue hasta mediados de verano de 2015 cuando decidí volver a utilizarlo. Después de ese momento, me los iba turnando, a pesar de que el destrozo de la pantalla cada día iba a más: las líneas verdes horizontales iban naciendo, y en algunas ocasiones podía ver con mis propios ojos cómo las líneas pares del panel habían muerto todas. Dicho sea de paso, la pantalla no tenía ningún signo de rotura por fuera. No tenía el cristal roto y el marco apenas tenía un golpecito por abajo, justo en el pliegue, aunque no fue hasta meses después cuando encontré la muesca. Es realmente difícil de encontrar.

Aunque mi padre accedía a pagar por la reparación, yo me negué en rotundo. Me parecía un auténtico abuso por parte de Apple pedir semejante bestialidad por un panel que tiene de profesional lo que yo de astronauta. En Ebay, el repuesto costaba unos 350€, y yo no me quitaba la idea de repararlo por mi mismo. Abróchense el cinturón, porque la historia de terror no ha hecho más que comenzar.

Un día de octubre de 2015, decidí informarme de cómo arreglar mi destrozo. Al fin y al cabo la electrónica no se me da nada mal. El MacBook de 2009 había tenido más intervenciones quirúrgicas que el mismísimo Alfredo Di Stefano, así que estaba seguro de que si seguía las instrucciones al pie de la letra, conseguiría mi objetivo. No obstante, recordaba con total claridad uno de los puntos que me echaba para atrás cuando yo no quería comprar el MacBook. Su reparabilidad. Dicho MacBook que me enfrentaba a reparar tuvo la nota más baja de reparabilidad que jamás había dado iFixit a un ordenador (hasta años más tarde, que Apple se superó a sí misma). No obstante, tenían un manual de cómo cambiar la pantalla. Lo único que había que mirar era el conector de la cámara. Si tenía un conector de 6 pines, había que comprar una pantalla, y si tenía uno de 12, pues un modelo distinto. Me puse manos a la obra. Quité la tapa (con sudor, porque los tornillos Pentalobe de Apple son una puñetera aberración y uno de ellos me deformó el destornillador marca iFixit) y miré la placa para localizar el conector. Desmonté la tarjeta de red y allí estaba el conector. Pillé mi spudger de plástico y le apliqué una fuerza diminuta para soltar el cable y poder contar los diminutos pines del cable (que son absolutamente microscópicos). Y en ese mismo instante, en lugar de soltarse el cable… se soltó el socket que lo unía a la placa. No me podía estar creyendo lo que veían mis ojos.

Aquí el destrozo. Más tarde limpié la soldadura, quité con pinzas los trozos de metal sobrantes... Y nada.

Aquí el destrozo. Más tarde limpié la soldadura, quité con pinzas los trozos de metal sobrantes… Y nada.

 

A tomar por culo la cámara, pensé. Ahora sí que puedo comprar cualquier pantalla. Monté todo lo desmontado, el cable se quedó flotando, cerré la tapa y encendí el ordendor. Y en dos minutos, eso no había arrancado. Tras varios intentos, logró iniciar OS X, pero muy muy lento. Miré el monitor de actividad y vi como el proceso kernel_task estaba consumiendo toda la CPU. De hecho, consumía algo así como el 900% del tiempo de CPU, por lo que me daba a mí que el planificador del sistema no tenía ni puñetera idea de qué estaba pasando ahí.

Estuve semanas buscando por Internet. Siempre pensé que algo tan chorra se podría solucionar por software. Al fin y al cabo es como si te amputaran un dedo el pie y te dejaran de funcionar los pulmones. Tan solo era el cable de la cámara. De hecho, mucha gente solucionaba sus problemas eliminando un par de archivos del sistema, pero no en mi modelo. No existía nadie en Internet con un ordenador como el mío que hubiera arreglado ese problema (no todos tenían ese problema por haber saltado un cable; algunos lo tenían sin haber abierto nunca el ordenador). El kernel_task se había apoderado de la máquina, los ventiladores funcionaban a tope, como si el ordenador fuese a despegar, y abrir una simple ventana de Finder me podía llevar más de cinco minutos.

 

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Aquí un caso similar. No tengo capturas de mi caso, pero puedo asegurar que mi kernel_task marcaba más del 900% de la CPU a veces.

 

Tras haber probado todo lo probable, me rendí. Lo último que recuerdo fue extraer todos los archivos del ordenador (que tardó un par de días) y reinstalé OS X (otras 12 horas perdidas). El problema siguió ahí, así que, como me dicho antes, simplemente me rendí. No merecía la pena seguir malgastando mi tiempo.

Mantuve mi MacBook en una estantería hasta un mes y pico más tarde, cuando me dio por instalar Windows 10. Ni bootcamp ni hostias; metí el pendrive y lo instalé en modo UEFI como si no hubiera mañana. Tardó poco, y Windows se inició perfectamente. Me puse a dar saltos de alegría. El Mac que tantas horas me había hecho perder, el que había acumulado una sucesión de errores humanos de aquí un servidor, estaba vivo. Todo parecía genial hasta que me di cuenta que las operaciones hechas con el procesador no eran dignas de un i7 4750HQ. Abrí el administrador de tareas y me encontré lo siguiente:

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Lo que tenía claro es que a esa velocidad, la batería del ordenador me iba a durar meses con una sola carga. No me llevó más de 10 minutos descubrir que 0.78GHz es el sumatorio de todas las frecuencias de los hilos del procesador cuando el multiplicador está al mínimo. Esto ya no era cuestión de problemas de Apple, sino del chipset de Intel. Finalmente, descubrí un programa llamado ThrottleStop, con el que se puede forzar al ordenador para que ignore cualquier cosa que esté parando la potencia de sus dragones medievales. Problema resuelto. Pantalla rota (que ahora sí que no iba a cambiar), ventiladores a tope (que nunca pude solucionar) y ordenador funcional.

¿Qué estaba ocurriendo? Pues bien, os lo explico, porque eso que hice es una solución bastante chapucera, y que deberías utilizar en caso de que te ocurra bajo tu propia responsabilidad. Los ventiladores a tope y la placa al mínimo es el equivalente en placas base a la fiebre en los humanos. La placa detecta que algo no funciona, y para evitar que más componentes se vean afectados o incluso evitar un incendio, utiliza ese recurso. Lo hace porque detecta que hay un cortocircuito en ese socket que arranqué sin querer y que dudo que se pueda reparar porque es tan minúsculo que cuesta enfocarlo con una lente macro. Es enormemente pequeño, y jamás he llegado a ver qué metal está tocando a qué metal. Además, el ordenador hay que iniciarlo con el procesador al mínimo y luego abrir el programa a mano para que se salte las limitaciones de la placa. No se puede iniciar la tarea automáticamente. Tampoco es muy placentero estar trabajando con el sonido de un huracán de fondo.

Compré una pantalla de 25 pulgadas y utilicé el Retina como un sobremesa con Windows 10. Mientras tanto, seguí usando el portátil del 2009 como portátil, hasta que en marzo de 2016, algo dejó de funcionar y la pantalla nunca más se encendió. Fue entonces cuando lo jubilé definitivamente.

A día de hoy, tengo un Dell XPS 15. Fue un regalo del que estaré eternamente agradecido. Me sigue dando pena el Retina, ya que ahora no tiene sentido que lo utilice. Acelerando el procesador, funciona, pero de aquella manera. Ahora yace en una estantería, pillando polvo y yo lo miro sabiendo lo poco que duró. No me da pena por el dinero, ojo, que eso ya está superado, sino porque sé la potencia que tiene el equipo y me da coraje no poder aprovecharlo. Más por ecología que por economía, para que ustedes me entiendan.

Por otro lado, elegí un Dell XPS 15 y no un MacBook. No quise cometer el mismo error por segunda vez consecutiva. Primero porque el precio de un MacBook era muy muy elevado en comparación al Dell (que ya es muy caro en sí), además de tener menos hardware. En segundo lugar, porque me pareció un desprecio brutal hacia el cliente pedir 900€ por la reparación de una pantalla. Más tarde he pensado que te piden ese precio porque no te lo reparan, sino que te lo cambian por uno nuevo. Y ese precio cubre el coste de un nuevo ordenador perfectamente. El último motivo para elegir un Dell y no un MacBook es, porque como publicista que soy, he observado el camino de Apple. Su enfoque de marketing ha cambiado desde la muerte de Jobs. Apple, que era una empresa calidad-precio (mucha calidad, mucho precio), ha ido alejándose de esa óptica hasta la del consumo visible. Productos muy muy caros para tener únicamente prestigio y la aprobación de los demás. Y del mismo modo que me compraría un Casio y no un Rolex, a Apple le digo lo mismo. Es por ello que este blog podría llamarse “Applespera”.

Un saludo.

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